Si alguna vez has tenido una relación con una persona narcisista, seguro que has notado lo bien que se les da «girar la tortilla»: cuando tú expresas tu dolor o tu descontento, en lugar de recibir comprensión, te encuentras con más enfado aún. Como si no tuvieras derecho a sentirte así.

¿Por qué ocurre esto? Porque para un narcisista, sus emociones siempre van primero. Si tú te sientes herido o frustrado por algo que ha hecho, en lugar de reflexionar sobre ello, lo interpreta como un ataque a su ego. Su reacción no es la empatía, sino la defensa o el contraataque: «¿Cómo te atreves a enfadarte conmigo?».  

Una persona narcisista no escucha para entender, sino para responder. Actúa como si estuviera en un partido de tenis: cada vez que intuye que vas a tirar una pelota, se prepara para devolvértela con más fuerza, aunque tú solo pretendas expresarte. 

Si estás con un narcisista espiritual, intentará hacerte callar diciéndote que estás siendo una persona tóxica y estás estropeando el amor que os une con tantas quejas. Como lo más probable es que seas de esas personas que tienden a la armonía, puede que ese comentario te haga pensar que debes relativizar más las cosas.  

¿Te suena la situación? 

Imagina que tu pareja ha quedado con unos amigos y no te ha avisado. Tú pasas la tarde preocupado/a, sin saber dónde está. Cuando por fin llega a casa, le dices:

—Me hubiese gustado que me avisaras. Me he preocupado porque no venías y has estado muchas horas sin responder el teléfono. 

En una relación sana, la respuesta podría ser:

—Tienes razón, lo siento, no me di cuenta. 

Pero con un narcisista, la reacción será otra:

—¡Qué exagerado/a eres! Siempre con tus dramas. No puedo hacer nada sin que te quejes.

De repente, el foco cambia: ya no se trata de que él haya hecho algo hiriente, sino de que tú «tienes un problema» por molestarte y estás siendo «tóxico». Y así, poco a poco, empiezas a cuestionarte: «¿Seré yo quien está exagerando?».

Tu dolor es una amenaza para su imagen

El narcisista no soporta sentirse responsable de tu malestar. En su mundo, él es el centro, y cualquier señal de que ha hecho algo mal lo descoloca. Entonces, en lugar de reconocer su error, buscará darle la vuelta a la situación: te hará sentir culpable por haber expresado tu malestar.

De víctima a verdugo

Si tú te quejas, él te acusará de exagerar. Si le dices que algo te duele, te tachará de «sensible» o de «dramático». Incluso puede hacerte dudar de tu propia percepción: «Eso nunca pasó así», «Estás loco/a», «Siempre con tus tonterías».

Te castiga por sentir

El mensaje que envía es claro: si te enfadas, prepárate para pagar el precio. Puede ser con gritos, con indiferencia, con desprecio o con manipulaciones para hacerte dudar de ti mismo. Y poco a poco, sin darte cuenta, empiezas a reprimir tus emociones, a tragar tu rabia, a pedir perdón por sentir.

¿Qué puedes hacer?

Si te has visto reflejada en estas líneas, quiero que sepas algo: tu enfado es legítimo. Tienes derecho a sentir y expresar lo que te pasa sin miedo a represalias. Un vínculo sano no te castiga por tener emociones, sino que las acoge y las valida.

El narcisista nunca cambiará si no quiere cambiar. Pero tú sí puedes decidir qué haces con esta información. Tal vez sea el momento de dejar de buscar justicia en quien nunca te la dará y empezar a proteger tu paz.

Recuerda: tu emoción importa. Tu dolor es real. No dejes que nadie te convenza de lo contrario.

¿Y tú, alguna vez te has sentido así? Deja un comentario y cuéntanos tu experiencia. 

¡Un abrazo!

 

 

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad