Existe una soledad especialmente abrumadora y dañina. Una que no nace de estar sola físicamente, sino de estar acompañada por la persona incorrecta. No sabes si es real o imaginaria. 

Es la soledad de convivir con alguien que, de puertas afuera, te trata bien, y de puertas adentro, te apaga. 

Ante los ojos de los demás, es amable, encantador y sonriente. Tiene carisma, empatía selectiva y siempre la palabra justa. Te mira frente a los demás como si fueras importante… pero cuando no hay testigos, algo cambia. Algo se enfría. Y tú te preguntas: ¿cuál de sus dos versiones es la verdadera? 

Dos realidades que no encajan

Con el tiempo, se crea una especie de doble realidad. Está el mundo que todos ven: el de la pareja perfecta, la familia ideal, las fotos en redes, la simpatía ante los demás. Y está tu mundo interior: un espacio oscuro, un sótano emocional donde vives confundida, rota, intentando que todo vuelva a ser como al principio. 

Hay momentos en que ver a esa persona en público te desconcierta profundamente. Habla con dulzura, sonríe, te defiende, y por un instante piensas: “¿Y si me lo estoy imaginando? ¿Y si el problema soy yo? ¿Y si todo lo que pasa en casa no es tan grave?” Entonces, empiezas a desconfiar de tu propia percepción. 

Encerrada dentro de ti 

Hay días en que no sabes si lo que vives es real. Porque no hay testigos. Porque nadie más lo ve. Porque ni siquiera quienes te quieren entienden lo que les intentas explicar.

Te dicen: “pero si es encantador”, “si se nota que te quiere”, “no será para tanto”. Y tú callas. Porque explicarlo es casi imposible. Porque no se trata de una gran pelea, ni de un insulto directo. Se trata de ese veneno diario que no deja marca, pero sí dolor. Son pequeñas cosas, miradas, comentarios, silencios. Grietas que se abren sin ruido.

Con el tiempo, empiezas a notar que la gente a tu alrededor se divide en dos grupos: los que no ven nada —y te juzgan por quejarte—, y los que sí lo ven, pero te juzgan por seguir ahí. Unos piensan que exageras. Los otros creen que te falta valor. Y ambos, en el fondo, te hacen sentir culpable. 

Así que te encierras. No en una habitación, sino dentro de ti misma. Y ahí estás tú, dudando de ti, aislada emocionalmente, como si vivieras encerrada dentro de tu propia mente. 

Cuando también siembra dudas en los demás

Todo se vuelve aún más confuso cuando empieza a hablar mal de ti. No de forma directa, claro. Lo hace con inteligencia, con frases envueltas en “preocupación”: “está rara últimamente”, “yo intento todo, pero ya no sé qué más hacer con ella”, «es celosa y exagerada, muy insegura, no quiere que tengamos vida social». Y entonces las personas empiezan a mirarte distinto. Te observan como si algo en ti se hubiera roto. Y quizás es verdad, pero no por lo que ellos creen. 

¿Y si la que está desapareciendo eres tú?

Hay una especie de disociación que aparece en estos casos, como si vivieras dos vidas al mismo tiempo. Como si tú sintieras una cosa, pero el mundo entero estuviera viendo otra. Y eso es agotador. Porque no se puede sostener una mentira tan grande sin sufrir una ruptura interna. 

Lo más peligroso de estar al lado de alguien narcisista es que te hace dudar de ti misma. Y cuando dudas de ti, dejas de defenderte. Dejas de hablar, de pedir y de ser. Permaneces en silencio, deseando que toda esa soledad y ese mundo secreto que hay en tu relación esté solo en tu mente, pero te resulta imposible sostener dos realidades tan distintas.  

Lo que sí puedes empezar a recuperar

Salir de una relación así no siempre es un proceso rápido. Hay miedos, dependencia emocional, dudas. Pero hay algo que sí puedes empezar a recuperar hoy: tu voz interior. Si te sientes mal, valida tu emoción. Si algo dentro de ti te dice que eso no es amor, escúchalo. Habla con alguien que no te juzgue. Escribe lo que sientes. Lee. Busca ayuda profesional. Porque el hecho de que no haya testigos no significa que no esté pasando. 

Cuando por fin lo entiendes

En terapia, muchas veces, escucho: “Siento que vivo en un sótano y que arriba nadie sabe cómo me siento, así que me pregunto hasta qué punto estoy exagerando”. Y les explico que, lo que les ocurre, son los efectos de la luz de gas. Porque muchas veces, lo más difícil no es salir de una relación tóxica, sino confiar en que tus motivos y lo que sientes es real. 

¿Te ha pasado alguna vez algo así? Puedes dejar tu experiencia en los comentarios o compartir este texto con alguien que lo necesite. Porque cuando le ponemos palabras al dolor, empieza a perder fuerza.

¡Un abrazo! 

 

 

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad